Ninguna persona realmente atenta te parece alta a los catorce años. A esa edad, y también después, la estatura va asociada irremediablemente con el desinterés. Pareció que entraban a la vez los dos en tromba, aun cuando yo, que me quedé la última, observé que la única que entró, se sentó y se sirvió café con ese estrépito reduplicativo y feroz de los buenos modales fue tía Lucía, Tom sonreía echando la cabeza hacia atrás, inmerso en un estrépito festivo pero no incisivo sino alegre. Tía Lucía dijo:

– ¡Pero Fernandito! ¿Qué te parece esta sorpresa que te he traído? Un vuelo de mil kilómetros con una sola escala y no dices tú ni hola.

– Hola -dijo Fernandito, y añadió-: Una persona no es una sorpresa, por lo menos para mí, y como ya he desayunado me subo a hacer la plana…

Y se fue sin más. Me fijé que tía Lucía fruncía el ceño. Tenía intención de tomar muy a mal la salida de tono de su sobrino. Miró a mi madre y dijo secamente:

– Como le consientas impertinencias a los siete, a los veinte te pone de criada para todo. Vas a decir que es un crío insignificante porque es lo que te viene a ti más cómodo ahora mismo. Pero haces mal, y tú sabes que haces mal.

Intervino Tom, afablemente. Dijo a tía Lucía:

– ¡Lucía, exagerada! Seguro que tú eras veinte veces más impertinente a su edad… -Y se echó a reír y todos nos echamos a reír con él, olvidados de Fernandito, y como persuadidos mágicamente de que lo único esencial es echar la cabeza hacia atrás y reírse alegremente.

Lo que dijo tía Lucía tras oír esto me pareció incomprensible:

– ¡Ajá, de manera que te pones de su parte, de manera que consideras que yo soy impertinente, ¿es eso? ¡Claro que es eso! ¡Si no lo fuera no estarías aquí, mon petit! Siempre he sido muy impertinente…

Mi madre intervino con esa firmeza que exhibía raras veces, pero que a mí me constaba ya entonces que tenía siempre a punto:



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