
– Ahora no nos vamos a pelear, las peleas, como los telegramas, el pobre papá siempre lo decía, acuérdate, Lucía, ni antes del desayuno ni durante el desayuno y nunca de siete de la tarde en adelante. Además, reconoce que lo que te pasa no tiene que ver apenas nada ni con Fernandito ni con Tom: el desayuno no es tu buen momento, ¡reconoce! Haber bajado a las diez de la mañana para desayunar con la familia es, Lucía, una especie de milagro. Es muy de agradecer, y que Tom también haya venido es muy de agradecer…
– No es mi hora, eso es verdad -reconoció tía Lucía.
Me quedé con el respingo de tía Lucía, aquel amago de agresión a Tom Bilffinger que mi sensibilidad de adolescente consideró excesivo durante un instante para olvidarlo por completo al instante siguiente. Debió de registrarlo sin embargo mi tenaz memoria, porque reapareció años más tarde. Aquel día recuperamos todos el buen humor y de algún modo acabó hablando casi sólo Tom Bilffinger. El bisabuelo de Tom, por lo visto, había sido íntimo amigo del historiador islandés que recopiló las dieciséis sagas islandesas. Eran relatos muy bonitos, fantasmales, por lo menos Tom los contaba como si los personajes no hubieran nacido en ningún punto del tiempo y no llegaran a morirse nunca: cambiaban de figura, según Tom, porque la figura era accidental como el mundo en Islandia, una niebla flotante, opresiva y dulce, que no se iba jamás, ni en el buen tiempo, que sumía todo en un maravilloso tono rosa miel en cuyo interior la muerte era imposible y los personajes sólo cambiaban accidentalmente -recuerdo que Tom dijo «per accidens» acentuando a la alemana el latín. Era fascinante oírle hablar con aquel acento ronroneante de la alta Alemania. Era un perfecto español con los ritmos de entonación cambiados: de ahí procedía una parte de la fascinación de Tom, de su voz viva, que tenía un cuerpo seco narrativo, como un vino Riesling.
