
Aquel invierno fue más invierno que ningún invierno. Nadie recordaba otro peor, ni en San Román ni en los otros pueblos pesqueros de esa parte de la costa. Al colegio se dejó de ir el cuatro de diciembre por la tarde, un lunes, porque mi madre dijo que mejor que en casa en ningún sitio. Que fuera imposible ir al colegio era una imposibilidad maravillosa: con tía Lucía instalada ya en su torreón, con el temporal aquel que no amainaba, con el mar desbravando, a la marea alta, la energía sobrante del oleaje en la dársena y contra el puentecito que une nuestra parte de la costa, que viene a ser como una isla; figura como península en los mapas -aunque en los mapas no se llama La Maraña -, pero en realidad es una isla, con un istmo de menos de dos kilómetros de ancho, un arenal de arenas rebarridas por el oleaje y el nordeste, sujetas por un roquedo semioculto y los escobajos y las malas hierbas de las dunas. Figurar como península en los mapas era desagradable, aunque infinitamente superior a vivir como las otras niñas, tierra adentro. En la isla, pues, en La Maraña, sólo vivíamos nosotras, en dos casas: la nuestra -la más próxima al puente, un chalet de dos pisos rodeado de un jardín pequeño y un seto de aligustres agujereados, que eran, de pequeñas, puertas secretas para salir y entrar- y la gran casa, frente a nosotros, de tía Lucía, muchísimo mayor que la nuestra, con un torreón adosado a la casa y todo un parque rodeado por un muro de albañilería y un obelisco justo en medio.
