Pero Indalecio era menor que el mar, se ahogó por eso. A pesar del encanto que tenía, su seriedad sin pretensiones. A pesar de sus brazos largos y sus manos grandes, sus muñecas cuadradas de remar. A pesar de su reloj de esfera negra, inoxidable y resistente al agua, que se ahogó con él pero que, a diferencia de Indalecio, no volvió a la superficie. Bajo el cristal empañado, las agujas recorren las horas en el fondo, resistiendo al agua todavía. Dio la casualidad de que tía Nines no estaba en casa cuando el accidente. La informó mi madre por teléfono. Una noticia así es casi imposible darla bien. Mi madre la dio con sequedad. Debió de ser para tía Nines más terrible que lo más terrible, como se vio después en la dejadez y la desgana de vivir que se le pegó al paladar como una lapa hasta matarla.


Aquel invierno fue más invierno que ningún invierno. Nadie recordaba otro peor, ni en San Román ni en los otros pueblos pesqueros de esa parte de la costa. Al colegio se dejó de ir el cuatro de diciembre por la tarde, un lunes, porque mi madre dijo que mejor que en casa en ningún sitio. Que fuera imposible ir al colegio era una imposibilidad maravillosa: con tía Lucía instalada ya en su torreón, con el temporal aquel que no amainaba, con el mar desbravando, a la marea alta, la energía sobrante del oleaje en la dársena y contra el puentecito que une nuestra parte de la costa, que viene a ser como una isla; figura como península en los mapas -aunque en los mapas no se llama La Maraña -, pero en realidad es una isla, con un istmo de menos de dos kilómetros de ancho, un arenal de arenas rebarridas por el oleaje y el nordeste, sujetas por un roquedo semioculto y los escobajos y las malas hierbas de las dunas. Figurar como península en los mapas era desagradable, aunque infinitamente superior a vivir como las otras niñas, tierra adentro. En la isla, pues, en La Maraña, sólo vivíamos nosotras, en dos casas: la nuestra -la más próxima al puente, un chalet de dos pisos rodeado de un jardín pequeño y un seto de aligustres agujereados, que eran, de pequeñas, puertas secretas para salir y entrar- y la gran casa, frente a nosotros, de tía Lucía, muchísimo mayor que la nuestra, con un torreón adosado a la casa y todo un parque rodeado por un muro de albañilería y un obelisco justo en medio.



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