Desde el puente de nuestra casa sólo se veía un lado del tejado de pizarra. El torreón, en cambio, y las buhardillas del caserón de tía Lucía campeaban en lo más alto de la isla frente al canoso cielo del invierno como un faro sin luz que despuntaba sombrío sobre el mar, inútil y amenazador, como la torre del homenaje de un castillo. Cada año, al amanecer el día de Año Nuevo, encendía tía Lucía en un bidón de chapapote una fogata en lo alto del torreón, que iluminaba todo el fosco cielo dubitativo con sus incomprensibles caprichosas llamaradas incisivas. Tía Lucía era un acontecimiento por sí sola. Era imposible escucharla y no discutir después en el dormitorio Violeta y yo lo que decía y lo que hacía. Su llegada anual, a principios de octubre, era una festividad regocijante que recorría de punta a punta, como un fuerte vendaval, el otoño entero y el invierno entero hasta mediados de abril o hasta finales. «¡No me cogerá la primavera aquí, es que ni muerta!», solía decir tía Lucía. Y era verdad, porque tan pronto como empezaba el aire ya a notarse remolón y el sol tardaba en irse y empezábamos a quitarnos los jerséis, le entraba el hormigueo a tía Lucía y se iba a Islandia, a Reykjavik, donde tenía, en las afueras, Tom Bilffinger un chalet construido sólo con troncos embreados y maderas, como construyen en Islandia, por el frío. Tom era esencial para el glamour de tía Lucía: un pretendiente alto alemán de tía Lucía, de familia rica, noble y protestante, con quien tía Lucía jamás quiso casarse, ni él tampoco se casó con otra, con la esperanza tal vez de que amainase de vieja la férrea voluntad de tía Lucía y poderse casar por lo civil al menos.



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