
De pequeñas nos chocaba que tía Lucía no viviese todo el año en su casa del torreón, cara al mar, con sus grandes árboles y los paseos de grava del parque entero, diseñado a imitación de los jardines románticos ingleses por el propio Tom Bilffinger, según creo.
– ¿Por qué no se queda tía Lucía todo el verano, con lo bonito que es aquí el verano? -le preguntábamos Violeta o yo a mi madre cada vez que tía Lucía se iba.
– Porque tía Lucía es una presumida y no quiere que el cutis se le estropee ni una pizca. En el norte, por lo visto, con la humedad y con las nieblas, el cutis se le esponja, eternamente joven, ya la veis.
– Pues si es presumida es que es estúpida -declaró Violeta en cierta ocasión-. Lo ha dicho la madre María Engracia, que todas las presumidas son estúpidas y que además acaban siempre peor que mal. Ésa es la experiencia que ella tiene, y ya es mayor.
– ¡Qué sabrá esa monja! -contestó mi madre-. Si lo de estúpida lo dijo en concreto por tu tía, se equivoca. Y si lo dijo en general por las mujeres, no sé ni en qué concepto ya tenerla.
– Pues debió de ser por tía Lucía -contestó Violeta-, porque cuando lo dijo me miraba fijamente a mí.
– ¡Eso es por lo de siempre! -exclamó mi madre-. Por la rabia que se nos tiene en San Román, a la familia nuestra y a nosotras, las monjas y los curas más que nadie. Porque no vamos a misa. Y la fama de ateo de tu abuelo… Nosotros somos águilas, de siempre, y las monjas son aves de corral. Por eso rezan para todo, hasta a San Antonio cuando se les pierden las horquillas. Porque son incapaces de valerse, como nosotras, por sí solas. Nos envidian porque no son nadie. Mientras que nosotros, sólo con ser, ya relucimos como arcángeles, como relucía Luzbel, ¿no os enseñan eso en religión?
Las dos reconocimos que eso sí nos lo enseñaban en religión y en la capilla, lo de Luzbel, que perdió el amor de Dios por su soberbia. El arcángel más bello que existía. Y sólo con mirarlas a las dos, a tía Lucía y a mi madre, se comprendía de sobra lo que pensó Luzbel y lo que Dios pensó al arrojarle a los infiernos: que resplandecía demasiado, como resplandecían ellas y por extensión también nosotras dos y nuestro hermano pequeño, Fernandito, y toda entera la isla de La Maraña, donde transcurrió nuestra niñez y nuestra juventud.
