
– Tiene prisa por entrar directamente en materia, ¿verdad? ¡De acuerdo!, dispare ya.
– Quiero que me diga qué probabilidades hay de encontrar a La Pastora.
Infante se tomó su tiempo para responder. Luego, tras chupar una gamba con delectación, dijo llanamente:
– Muy pocas, doctor, por no decir ninguna. Piense un poco: si la Guardia Civil no ha sido capaz de dar con esa bandolera en dos años, no sé cómo se las apañaría usted para hacerlo.
– Yo no tengo la más mínima opción, lo sé, pero nunca había pensado en ir solo a buscarla. El plan es que usted me acompañe: conoce a la gente, conoce el lugar. Estoy convencido de que esa mujer debe de estar recibiendo la ayuda de algún habitante de la zona. Si visitamos los pueblos, si usted lanza una voz aquí, otra allá…
– No sabe lo que está diciendo. ¿Qué quiere, que me formen un consejo de guerra? Esa bandolera ha sido declarada enemiga pública. Se le atribuyen veintinueve asesinatos. ¿Ha oído usted bien?: veintinueve muertes. Si lanzo una voz aquí y otra allá al día siguiente tendremos a toda la Guardia Civil en pleno llamando a nuestra puerta.
– Usted sabrá esquivar ese riesgo.
Infante suspiró, tomó otra gamba y la mordió con mal humor, como si quisiera lastimarla. Miró a su interlocutor con seriedad:
– No está siendo razonable, Lucien. ¿Tiene la más mínima idea de lo que supondría su plan? Deberíamos viajar por la región durante un tiempo indefinido, alojarnos en fondas y pensiones, hablar con gente. ¿Con qué coartada haríamos todo eso, diciendo que busca usted a La Pastora para psicoanalizarla?
– Podemos inventarnos cualquier cosa. Soy un antropólogo que desea investigar las costumbres del país, un geólogo que estudia el paisaje; cualquier cosa. Y usted pasará siempre por ser mi ayudante en plaza, alguien que percibe un sueldo por su trabajo. No veo nada sospechoso en esa tapadera. El único problema práctico es que tendría que faltar un tiempo en La Vanguardia.
