
El plato de aceitunas estaba vacío y en su estómago se había desatado una verdadera tempestad. Por primera vez se dio cuenta de que estaba haciendo esfuerzos por enmascarar una realidad a cada instante más notoria: Infante no se presentaría. El simple planteamiento de su pretensión de encontrarse con La Pastora lo había puesto en fuga. Había calculado mal, el interés que aquel hombre tuviera en el personaje se había agotado al estampar su firma en el artículo. No todo el mundo desea profundizar en una investigación. Una terrible desolación se instaló en su pecho: ¡tantas conjeturas inútiles, tanto tiempo desperdiciado llegando hasta allí! Debía haberse dado cuenta antes de que el suyo era un plan imposible. Llamó al camarero y pidió vino, la carta para escoger su cena; no podía marcharse sin haber hecho ningún gasto. Cuando estaba bebiendo la primera copa lo vio llegar.
– Veo que se adapta usted perfectamente a las costumbres del lugar -dijo Infante sonriendo.
– Y usted, ¿es costumbre en España presentarse a las citas con tanto retraso?
– No, pero tenía que pensar, y le aseguro que he estado a punto de no venir.
– Pero está aquí.
– Sí, aquí estoy, y muerto de hambre además. ¿Me deja que elija yo la cena?
Pidió jamón, gambas, setas con salsa, embutidos y una gran ensalada. Mientras toda aquella comida salía a la mesa, se extendió en floridas explicaciones gastronómicas sobre la cocina típica española. Nourissier, haciendo un esfuerzo por no abalanzarse groseramente sobre los platos, lo miró con inquietud:
– No quisiera parecerle maleducado, pero no es el interés por la mesa lo que nos ha reunido esta noche.
