Cerró los ojos. Sabía cómo serenar el ánimo por muy nervioso que estuviera. Aunque su trabajo lo apasionara, siempre había conseguido refrenar la impaciencia y convertirla paulatinamente en un estado de calma interior. Desafortunadamente, Evelyne no estaba junto a él. Echó de menos a su esposa, a sus hijas. Ellas tres formaban el núcleo principal de su vida, un espacio cálido y tranquilizador en el que no penetraban los rigores de la enfermedad mental, los casos clínicos terribles con los que debía enfrentarse en el desarrollo de su profesión. Abrió los ojos de nuevo, pensó en llamarla por teléfono pero se dio cuenta de que era muy tarde ya; los horarios franceses en nada se parecían a los españoles. Tomó un libro y empezó a leer, seguro de que el sueño pronto lo rescataría de la incertidumbre.

A la mañana siguiente se despertó vigoroso y optimista. Sabía perfectamente dónde se encontraba t por qué. Mientras desayunaba se fijó en la gente que llenaba el comedor del hotel. Nadie hubiera dicho que aquél era un país salido no hacía tanto de una guerra civil, un país de ciudadanos encerrados en una dictadura sórdida y triste. Parejas vestidas a la moda, hombres de negocios y algún turista comían y charlaban, proporcionando a la mañana un aire de normalidad. Recordó a Infante en el Zurich, pidiéndole alarmado que bajara la voz. Quizá exageraba, o quizá era cierto que, bajo las tranquilas apariencias, manaban ríos subterráneos de represión y violencia. No podía permitir que eso lo asustara, probablemente el periodista sólo pretendía magnificar los riesgos, engrandecer su papel, a no ser que su único objetivo consistiera en buscar una excusa para su negativa a participar en el plan. Inútil especular más, pronto saldría de dudas. Se bebió su café.



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