El taxi lo dejó frente a un edificio de pisos en la calle Industria después de un trayecto que se le había antojado interminable. Aquel barrio no tenía el lustre y la distinción de la Barcelona burguesa, pero también estaba animado. La gente lo miraba con curiosidad, probablemente se daban cuenta de que era extranjero. Cuando entró en la oscura portería del número que Infante le indicó eran las once en punto. La escalera estaba despintada, llena de desconchones y letreros grabados con la punta de algún objeto metálico: corazones traspasados por flechas, testimonios de presencia -«Pablo estuvo aquí»- o simples palabras malsonantes. No había ascensor. En los descansillos, un pequeño foco brindaba una anémica claridad. Llamó a la puerta de Infante, ajada y negra como una vieja esclava. Olía a verdura hervida, se oía el eco de alguna radio.

– ¡Adelante, mon cher ami!, sea usted bienvenido a mi humilde morada. ¿O sería más exacto decir a mi pobre cueva?

Carlos Infante iba vestido con una camisa de cuadros juvenil aunque gastada, que lograba contrarrestar su figura un tanto rechoncha y su calva incipiente. Sin embargo, tras esa primera impresión positiva, todo lo que pudo ver Nourissier formaba parte de un catálogo de decrepitudes. El piso, de techos amarillentos y paredes con papel pelado a retazos, se hallaba en un deplorable estado de conservación. Montones de libros, periódicos y revistas se extendían por el suelo del pasillo. El salón estaba decorado con muebles viejos, un sofá desvencijado y un aparato de radio. En el vidrio de la ventana podía apreciarse una considerable resquebrajadura. En general había polvo, muchísimo polvo, blanco y delicado. Aun acostumbrado a dominar sus emociones, Nourissier tuvo dificultades para no manifestar sorpresa: ningún periodista se veía obligado a vivir así en Francia. Infante advirtió su reacción.



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