
– Juraría que no aprecia usted demasiado el estilo de mi hogar -su tono irónico se había hecho mucho más marcado que el día anterior-. Le ruego que tome asiento aquí, en el sofá. Yo ocuparé este taburete, que es una preciada herencia del inquilino anterior. ¿Puedo ofrecerle algo de beber? Se me ha acabado el café, pero con un poco de suerte puedo encontrar en la cocina un par de bolsitas de té.
– Ya he desayunado, no se preocupe. Lo importante es que hablemos.
– Muy bien, empezaré yo. He pensado con detenimiento en el trabajo que usted me propone, porque un trabajo es, y así hemos de considerarlo tanto usted como yo, y… bueno, me parece una empresa de extraordinaria dificultad tal y como le dije. Sin embargo…, sin embargo, existe una posibilidad, si no de encontrar a La Pastora, sí de buscar más información sobre ella, información directa y que no venga lastrada por ninguna censura oficial.
– ¿Entonces ha decidido aceptar?
– Aún no he terminado. Serán necesarios al menos tres meses para llevar a cabo la búsqueda. Conociendo la zona y siendo hijo de una oriunda del lugar, cabe pensar que yo tenga cierta facilidad para conseguir información pero, aun así, necesito tiempo. Naturalmente nos veremos obligados a viajar de pueblo en pueblo y a alojarnos en pensiones o fondas. De modo que se impone alquilar un coche que nos transporte durante toda la estancia y también habrá que pagar los alojamientos y las comidas. ¿Cree que su universidad estará dispuesta a desembolsar esos gastos o deberá hacerlo usted mismo?
– No piense en el dinero. Lo tendrá.
– Bien. Si después de esos tres meses no hemos conseguido que usted se entreviste con la bandolera, daremos igualmente la expedición por concluida. Permanecer en la montaña más tiempo sería atraer en exceso la atención de la Guardia Civil sobre nosotros y ése es un riesgo que no estoy dispuesto a asumir: yo vivo en este país y aquí he de continuar. Pasado ese período, usted toma la información que hayamos recopilado y regresa a Francia con ella. ¿Le parece todo correcto?
