Alguien puede denunciarnos incluso por cosas imaginarias. Y los riesgos no acaban ahí. ¿Se ha parado a pensar que andamos a la búsqueda de una asesina? Se trata de una mujer desesperada, sola en el monte, acosada, armada y consciente de que su vida tiene un precio. Si algún habitante de algún pueblo está en realidad ayudándola como usted cree, es muy posible que la alerte de nuestra presencia, que le diga que la buscamos si llega a enterarse. ¿Cómo cree que puede reaccionar La Pastora llegado el caso, invitándonos a tomar el té en su escondite?

El psiquiatra, abrumado por la diatriba de Infante, se miraba las manos cuidadas, masajeaba suavemente sus dedos largos. Al fin levantó la vista y dijo en voz muy baja:

– De acuerdo, tendrá esa cantidad. Queda descartado pedirla en el departamento de mi universidad, pero cuento con recursos personales para afrontarla. ¿Quiere que firmemos un contrato privado?

El periodista soltó una carcajada histriónica y se quedó mirándolo, divertido.

– No creo que fuera un documento de mucha validez. Me temo que tendremos que fiarnos el uno del otro. ¿Confía usted en mí, doctor Nourissier?

El médico lo miró durante un instante, luego declaró con toda calma:

– Nunca confiaría del todo en alguien que sólo actúa por dinero.

– Somos entonces antagónicos. Yo no confío en los que se apasionan demasiado por ideas.

– Intentaremos salvar esas distancias.

– Eso espero.

– ¿Cuándo empezamos?

– Dentro de un mes. Necesito tiempo para prepararlo todo, tantear el terreno, buscar contactos, perfilar las estrategias.

Nourissier sacó un pequeño calendario de su bolsillo, lo consultó.

– ¿Le parece bien el tres de octubre? Yo llegaré un día antes desde París.

– Trato cerrado. Hay algo que quiero preguntarle: si encontramos a La Pastora, una vez que se haya entrevistado con ella, ¿piensa denunciarla?



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