
– ¿Doctor Nourissier?
– Usted es Carlos Infante.
Se dieron la mano sin sonreír, casi sin mirarse a la cara. Era como si, una vez frente a frente, ninguno de los dos estuviera seguro de querer estar allí. A Infante le sorprendió el buen acento español de aquel hombre, su aire melancólico, el porte elegante que contrastaba con su expresión de aturdimiento. Vio cómo enseguida sacaba unas gafas de sol y ocultaba sus ojos azul claro.
– Discúlpeme, estoy un poco cegado por tanta luz.
– Ya ve que está usted en un país lleno de felicidad: público en los bares y luce el sol -dijo Infante en tono irónico.
– Es verdad -musitó el francés mirando al suelo.
Pidieron dos jarras de cerveza al camarero. Cuando las trajo se miraron el uno al otro con cierta violencia. Infante elevó la suya teatralmente:
– ¡Brindemos por que tenga usted una buena estancia en Barcelona!
Bebieron un primer trago. El español lo apuró con la intensidad y urgencia de un condenado. Nourissier lo hizo escuetamente, saboreándolo después. Empezó a hablar entonces con cierta precipitación:
– Señor Infante…
– Llámeme Carlos, por favor. Debemos de tener casi la misma edad. ¿Cuántos años tiene usted?
– Cuarenta y tres.
– Yo tengo treinta y nueve, no es una gran diferencia. Pero disculpe, le estoy interrumpiendo y seguramente su tiempo estará muy ocupado en Barcelona.
– No, en realidad he venido exclusivamente para hablar con usted -dijo Nourissier con vehemencia-. Quería felicitarle por su magnífico artículo.
– ¿Ha hecho un viaje tan largo sólo para felicitarme?
– ¿Es que no ha leído mi carta con atención?
– ¡Por supuesto que sí! Cuando me la hicieron llegar desde el periódico me dejó estupefacto saber que me leen hasta en Francia. También me intrigó que un ilustre profesor de la Sorbona se interese por un tema tan local.
