– En psicopatología no existen temas locales; todos los hombres, de cualquier nacionalidad, resultamos al final bastante parecidos, aunque la mujer que usted describe quizá sea única en sus características. Creo que puede convertirse en un elemento muy importante para mis investigaciones. Su reportaje me pareció magnífico, de verdad.

Infante se quedó mirándolo con una media sonrisa que no significaba nada. Dio otro trago concienzudo a su jarra. Por fin sonrió abiertamente, tensando todos los músculos de la cara.

– Mi reportaje es pura basura, querido doctor, eso lo sabe usted tan bien como yo. Un hombre culto no puede haberse dejado impresionar por todas esas frases truculentas: «mujer sin corazón», «asesina despiadada», «monstruo de la naturaleza»… ¡No me subestime, por favor!

– Sé muy bien que todo eso obedece a cuestiones de… estilo. Lo que me impresionó es comprobar hasta qué punto conoce usted bien los detalles de la historia, la orografía de las montañas donde esa mujer ha estado operando, la psicología de los habitantes del Maestrazgo.

– No tiene ningún misterio. Mi familia es originaria de Cálig, un pueblecito de la zona. He visitado muchas veces esas sierras: el Maestrat, Els Ports…

Son lugares muy bellos, muy salvajes, desconocidos aún para mucha gente. Y la dichosa Pastora se ha convertido en una especie de mito general: la asesina ¿quien nunca logró atrapar la Guardia Civil. Pero si he de ser sincero le diré que dudo de que pueda escribir ninguna tesis con lo que yo sé.

– Según usted, esa mujer está viva aún, escondida en algún lugar de esos montes.

– Eso dice la gente y eso afirma también la Guardia Civil, pero hace dos años que no ha cometido ninguna fechoría, nadie la ha visto, nadie sabe dónde empezar a buscarla. Lo más probable es que su cadáver esté pudriéndose en alguna zanja. De todas maneras, aunque yo le hiciera una lista pormenorizada de todas las habladurías que sobre ella circulan, ¿eso le serviría para una investigación? Me temo que no.



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