– No es eso lo que quiero de usted.

– ¿Entonces?…

– Quiero hablar con La Pastora, encontrarme con ella personalmente -declaró Nourissier en tono apasionado y solemne.

El cuerpo de Infante sufrió un visible estremecimiento, puso la espalda recta, los ojos desorbitados, tomó el brazo del francés y lo apretó con fuerza:

– ¿Se ha vuelto usted loco? ¡Baje la voz! ¿No sabe dónde estamos, nadie le ha informado del régimen político que impera en este país? ¡Aquí hay oídos por todas partes!

– Discúlpeme; no pensé que…

– ¿Tiene algún compromiso para cenar esta noche?

– No. Permítame que le invite yo.

– Espéreme a las nueve en Los Caracoles.

Sobre una servilleta trazó un croquis con la localización del restaurante. Nourissier la guardó en su bolsillo como si se tratara de un tesoro. Después Infante se levantó y, antes de marcharse, dijo en voz baja:

– No tengo antecedentes políticos, pero toda precaución es poca. Espero que lo comprenda.

Carlos Infante se perdió entre el tumulto de la calle Pelayo. Caminó hacia la universidad como un autómata. Se sentía conmocionado por lo que acababa de oír. Nunca hubiera pensado que el extraño con el que había ido a reunirse estuviera completamente loco. Tanto el tono de la carta como su apariencia inicial le habían hecho creer que se trataba de un hombre de ciencia sensato y estudioso. Pero no, debía de ser un perturbado. Su pretensión de un encuentro con La Pastora lo señalaba como tal. A no ser que…, a no ser que fuera un periodista encubierto bajo una falsa personalidad para no levantar sospechas. Hizo cábalas. Sin duda, la hipótesis del periodista hacía que las cosas encajaran mejor. No era un profesor de la Sorbona sino un redactor de Le Monde que pretendía valerse de él para publicar un reportaje insólito. En Francia existía un gran interés por los temas políticos españoles. Todo aquel asunto del maquis, último reducto antifranquista cuyos valientes hombres luchaban en el monte, casaba a la perfección con la idea romántica que los franceses solían formarse acerca de España. Por eso Nourissier hablaba tan bien español, era simplemente un especialista en el país del sur.



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