En su sonámbulo paseo había llegado hasta la Facultad de Letras. Entró en el claustro, dio un par de vueltas alrededor sin dejar de pensar. Era consciente de que, en el nerviosismo del momento, lo había citado para cenar, pero sólo se había sentido impulsado a hacerlo por el deseo de largarse cuanto antes del Zurich. Tener trato con un hombre que no está en sus cabales acaba siendo siempre una complicación, sobre todo en las circunstancias políticas en las que España se hallaba. De pronto se sintió aliviado. La estrategia que debía seguir estaba clara: no se presentaría en Los Caracoles». El francés no tenía su dirección, puesto que no había escrito remite en la carta en la que le respondió proponiéndole una cita. Si se decidía a llegar hasta el periódico para preguntarla le dirían que no pertenecía a la plantilla y no le darían jamás ese dato. Estaba libre de cualquier compromiso. «Au revoir, docteur Nourissier. Regrese usted con el rabo entre piernas a su hermoso país.»

De buena se había librado! Por fortuna era un tipo prudente; sólo la curiosidad lo hubiera impulsado a asistir a aquella cena con el francés, pero la curiosidad era un lujo que solía pagarse caro en aquellos tiempos.


Pasaba más de media hora de las nueve y el español no había comparecido aún en Los Caracoles. El retraso de Infante le parecía inconcebible, aunque sabía que la puntualidad no se contaba entre las virtudes del país. Se moría de hambre. Acostumbrado a cenar a las ocho, su estómago rugiente le daba un ultimátum. Al llegar al restaurante se había sentido animado y lleno de vitalidad. La singularidad del local, de forma irregular y caprichosa, con vericuetos imposibles en los que igualmente se habían instalado mesas para los clientes, le pareció el colmo de la originalidad.



7 из 364