
Requirió del camarero que le buscara un sitio discreto porque no quería enfrentarse de nuevo a los resquemores de Infante con respecto a la privacidad.
Éstos le parecían en el fondo bastante infundados. Cierto que en España la represión de Franco tenía atenazados a los ciudadanos, pero dudaba de que en una gran urbe como Barcelona todos ellos estuvieran bajo vigilancia. A no ser que el periodista le hubiera mentido y sí pesaran sobre él antecedentes policiales de tipo político, lo cual complicaría sus planes.
Pidió unas aceitunas que le supieron deliciosas, pero descartó beber alcohol; quería que sus sentidos permanecieran en guardia. A decir verdad, la impresión que le había causado Infante no era óptima. Parecía un individuo no demasiado fiable, había algo en él áspero y descreído. Su sonrisa estaba teñida de cinismo y su mirada revelaba desconfianza. También había creído ver en sus gestos un tono defensivo que denotaba inseguridad. Claro que quizá estaba dejándose llevar por su deformación profesional al analizar prematuramente a un hombre del que nada sabía y con el que apenas había hablado durante media hora. En cualquier caso, era él mismo quien estaba haciendo gala de una cierta inseguridad al preguntarse íntimamente si no había cometido una estupidez dejándose llevar por el impulso de venir a España. Siempre había sido vehemente con respecto a su trabajo. Sus maestros lo habían prevenido en contra de esa fogosidad, pero sin resultados. Él seguía convencido de que el apasionamiento es un estímulo necesario para poner en marcha cualquier investigación. Más tarde llega el trabajo, las reflexiones, el tesón, la estabilidad que hace posible avanzar y finalmente alcanzar metas.
