
Una noche Picardo se me vino derechito, como si supiera dónde iba a encontrarme y, sin molestarse en preámbulos ni atenuantes, me dijo:
– Para mí que le dio algo. Me explicó el doctor Rivaroli, un amigo que te voy a presentar, que bastan dos o tres gotas en el café con leche. Cuando se cansa de tenerla como esclava, la vende a los tratantes de Centroamérica.
Otra noche el mismo Aldini, que según Ceferina está perdiendo la vista, con el pretexto de pasear el perro (más bien de arrastrarlo, porque el pobre Malandrín, cuando quiere acordar, se agita y se echa), como le decía, con el pretexto de pasear el perro, caminó hasta donde yo estaba -el lugar más oscuro, le garanto- y me pidió:
– Por favor no lo escuches a Picardo. Ahora te explican todo por las drogas. Haceme caso, hay mucha exageración.
Ni usted ni yo vamos a creer en la fábula de esas gotitas en el café con leche. Admito, sin embargo, que Diana, cuando finalmente volvía al hogar, traía pegados en el vestido pelos de perro. Hay más: olía a perro. Hablaba de perros y del alemán -yo no sabía cuándo se refería a unos y cuándo al otro-, hablaba a toda velocidad, como si una comezón la enloqueciera y, porque la noche no le alcanzaba para discutir los méritos y defectos de sabuesos, ovejeros y mastines, por la mañana seguíamos el debate, hasta que mi señora salía a callejear y yo me dormía sobre los relojes.
IX
Ese profesor, que no le envidia a judas, una tarde me llamó por teléfono para que nos reuniéramos en el Bichito, que está frente a Carbajal.
