– ¿Se puede saber el motivo? -le pregunté. Contestó inmediatamente:

– Hablar de la señora.

Aunque entendí, pedí aclaración:

– ¿De qué señora?

– La suya.

Como usted comprenderá, yo no podía creer lo que oía, pero me sobrepuse y contesté con odio:

– ¿Quién es usted para meterse?

Todavía pronunciaba esas palabras, cuando el miedo me enfriaba la sangre. ¿Le habría pasado algo a Diana? Más valía no perder tiempo.

El profesor Standle empezaba a decir con la voz extrañamente aflautada:

– Bueno, usted sabe…

Lo interrumpí sin contemplaciones:

– Allá voy.

Corrí por la calle, en el Bichito elegí una mesa que permitía la continua vigilancia de la entrada, pedí algo para tomar y, antes que me sirvieran, yo estaba preguntándome si no debía largarme a la escuela de perros. ¿Qué me dio por decir "Allá voy" y cortar? Quizás el profesor entendió que yo iría a la escuela, pero si yo tardaba, a lo mejor se preguntaba si "allá" no quería decir el Bichito y quizá nos encontráramos, o nos desencontráramos, en el trayecto.

Por su parte, usted se preguntará por qué le cuento estas payasadas. Desde la noche de mi cumpleaños hasta ahora, salvo cortos intervalos de tranquilidad, he vivido en estado de ofuscación permanente. Visto por los demás, el hombre ofuscado se comporta como un payaso.

Después de una media hora interminable -porque en definitiva me quedé en el bar- apareció el profesor. Vino a la mesa, pidió un bock, se quitó la gabardina, la dobló cuidadosamente, la colocó en el respaldo de una silla, tomó asiento y le garanto que hasta beber la cerveza y limpiarse la espuma no soltó la palabra. Cuando habló, por un momento, se me desdibujó su cara, como si me diera un vahído. Esto es lo primero que oí:

– Usted sabe que la señora está muy enferma.

– ¿Diana? -murmuré.

– La señora Diana -me corrigió.

– ¿Qué le ha pasado? ¿Una descompostura? Contestó con el mayor desprecio:



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