
– No se haga el que no capta. Está muy enferma. Si no actuamos, puede llegar a ese punto del que nadie vuelve.
– Yo quiero que vuelva.
– Usted quiere cerrar los ojos para no ver la realidad -contestó-, pero capta muy bien.
– No acabo de entender -traté de sincerarme-. Pesco algo y la cabeza me da vueltas.
– Actuamos en el acto o pierde prácticamente a la señora.
– Actuemos -le dije y le pedí que me explicara cómo. Entonces me habló con su voz grave:
– La respuesta -dijo- es la internación. La internación.
Atiné a protestar:
– Eso no…
Recayó en la voz aflautada y comentó, como si estuviera satisfecho:
– La incapacidad para tomar decisiones, demostrada por la señora Diana, que no se resuelve por ningún pichicho, no es propia de gente en sus cabales.
Para mí que el profesor empleó adrede la palabra internación. En todo caso, quedé como si hubiera recibido un golpe. No era para menos. La pobre Diana, cuando se acordaba de sus internaciones, echaba a temblar como un animal asustado, se aferraba a mis manos y, como si reclamara toda mi atención, toda la verdad, preguntaba: "Ahora que estoy casada ¿no me pueden internar, no es cierto?". Yo le contestaba que no, que no podían, y creía lo que estaba diciéndole.
Standle siguió:
– ¿A usted le parece bien que la señora ande el santo día lejos del hogar?
– Si no fuera más que el santo día… -suspiré.
– Y buena parte de la noche. ¿Usted la espera muy tranquilo? -No, no la espero tranquilo.
– Mientras dure la internación, para usted se acabaron los dolores de cabeza.
Dios me perdone, dije:
– ¿Usted cree?
– Va de suyo -contestó-. Si me da el visto bueno, entro en contactos con el doctor Reger Samaniego.
– La pobre Diana está muy nerviosa -murmuré, y me sentí mal, como si hubiera dicho una hipocresía.
– ¿A quién se lo cuenta? -respondió-. En breve plazo el doctor Samaniego la pone en forma. ¿Usted sabe? A veces lo llaman para consultas ¡desde el centro! Pero mejor que no se haga ilusiones. Puede haber una dificultad.
