
– Del Innombrable, que me desprecia -dijo Patricia.
– Sabes que eso no es verdad. Siempre pregunta por ti y por cuándo nos vamos a casar. -Alfredo se entretiene intentando entender el mando del asiento.
– Buena cuestión, y ¿qué le respondes?
– Que no creemos en el matrimonio -dice él abriendo mucho los ojos y llevándola muy dentro de ellos. Patricia no tiene respuesta. Porque es su respuesta, la que siempre ofrece, aun sin cepillarse los dientes, cuando Alfredo insiste en el tema. No van a casarse jamás.
– Creo que sabe que le llamamos el Innombrable -soltó, aguantando una risita-. ¿Se lo has dicho tú?
– No, pero los hermanos Casas leen nuestra mente desde que sales conmigo -respondió Alfredo.
Los hermanos Casas viajan, siempre juntos, unos asientos más adelante. Afortunadamente, tienen fama de dormirse atufados de pastillas por el miedo a volar y, también, fama de cocinar con resaca de otro tipo de pastillas. Explotan al máximo los restos de su juventud díscola. Todo el mundo sabe que Patricia fue medio novia de uno de los Casas, Miguel, y novia bastante oficial de Fernando, el otro hermano. Barcelona es una ciudad pequeña. Manhattan también, Londres, a lo mejor, igual. Todas las ciudades se hacen pequeñas cuando eres Patricia.
Han esquivado la cena. Nunca cenan en la aerolínea donde cocina el Innombrable para evitar opiniones. El mundo de los chefs está lleno de rumores y maledicencias. Alfredo y Patricia cuidan mucho lo que se diga que hayan dicho. Son los bellos Alfredo y Patricia, educados y encantadores hasta el final, cada día, todos los días.
– Todos miran la película de Sandra Bullock -dice él.
– No somos todo el mundo -responde ella, y Alfredo le dirige su espléndida sonrisa; el olor de su colonia subiendo por sus hombros, hacia el cuello. Le abraza. Se abrazan.
– ¿Tienes miedo? -le pregunta.
