
Se arremolina bajo la manta de la aerolínea, del mismo color que el alfombrado, quizás un poco más naranja y con la corona de España entretejida en un ángulo. Nunca lo había notado, la corona tan explícita. Pero no debe pararse en esos detalles, tiene que concentrarse. Debería repasar quiénes son los cocineros que les acompañan: Miguel y Fernando, sí, los hermanos Casas de aquellas fotos del principio. Todo el mundo dice que compiten en belleza con Alfredo, aunque en realidad es el talento de su novio lo que les obliga a marcar músculo desde hace décadas. «Todo lo que toca Alfredo, turns blonde», decían, haciendo alusión al rubio del pelo de Patricia. Sí, sí, muchas risitas pero en verdad Alfredo y ella no solo convenían en realidad sus sueños, también generaban dinero. Dinero. «Lo hacéis parecer todo tan fácil, vuestro éxito, vuestra belleza, vuestra unión», también le había dicho Manuela.
– ¿De qué te ríes? -quiso saber Alfredo, entrecerrando sus maravillosos ojos, pardos, un fondo verde, como un lago que se alimenta de un sol menor.
