– ¿Miedo de qué? -responde ella colgada de su cuello, la cabeza apoyada cerca de su nuez, sintiéndola latir.

– De Londres -dice, la voz relajada, profunda.

– Es nuestro sueño, ¿no? ¿Cómo vamos a tener miedo de un sueño? -pregunta Patricia escrutando sus ojos.

Patricia se sobresalta, al fin las turbulencias, pero en realidad es el primer dedo de Alfredo acercándose a su vagina por debajo de la manta de la aerolínea. Poco a poco la mueca de niña revoltosa va formándose en sus labios y sus delgadas y suaves piernas aprisionan el largo y bien formado dedo de su amor. Abre los ojos y allí están los suyos, cómplices, muertos de risa y ganas. «Es que Alfredo es demasiado perfecto», siempre le había reprochado su hermana Manuela. Patricia tiene que reconocerlo, por eso lo escogió, por bello pero también por cómo le sentaba todo, la ropa, el pelo, incluso los zapatos equivocados que no lo parecían tanto gracias a su forma de caminar. Y su voz, ronca, no muy grave, escondiendo una coqueta vulnerabilidad. Y la también coqueta timidez cubriendo a su vez el secreto que imaginaba en Alfredo. Por eso le quería, porque adivinaba que si ella escondía un secreto, él igualmente ocultaría otro y mantener vivo ese manto de medias verdades sostenía el equilibrio de su pareja. Y ahora la manera en que introducía sus dedos dentro de ella en primera clase; la película de Sandra Bullock empezando. Va a gritar, Alfredo prácticamente tiene su mano dentro de ella y la mueve como si los dos estuvieran entonando entre susurros una canción con mucha percusión. Se ríe encantada, sus carcajadas amortiguadas como un galope, y Alfredo la secunda. Debe de tener una erección y ella no sabe cómo mover sus manos debajo de su manta para estrecharla. Pasa una azafata mirando al frente y los dos se aquietan, Patricia observa una gota de sudor deslizarse por el cuello de Alfredo. Disfruta de la nuez, que es pronunciada y que ella siempre ha imaginado oscura, oculta semilla del mal bajo su piel blanca.



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