Pero, por el momento, la ira se hallaba bajo la superficie, casi oculta por una capa de fría cortesía.

– Buenas noches, Catalina -saludó con calma-. ¿Serías tan amable de presentarme a esta dama?

Catalina recordó sus modales.

– La señora Margarita Cortez, don Sebastián de Santiago.

Este hizo una seca inclinación de cabeza.

– Buenas noches, señora. Es un placer conocerla al fin. He oído hablar mucho de usted, aunque reconozco que no esperaba que fuera tan joven -la recorrió con la mirada, como si la evaluara antes de despedirla.

Maggie alzó el mentón, negándose a perder la compostura.

– No se me informó de que se requería una edad específica para mi trabajo, señor -respondió-. Solo que debía hablar un castellano fluido y poder introducir a Catalina en las costumbres inglesas.

La observó con ironía.

– Entonces permita que le diga que ha superado sus cometidos. ¿Formaba parte de su trabajo criticarme ante mi prometida o se trata de una costumbre inglesa de la que jamás oí hablar?

– Toma una conversación ligera demasiado en serio, señor -respondió, logrando parecer divertida-. Catalina y yo venimos de disfrutar de una velada en el teatro, seguida de una cena, y reinaba una atmósfera de charla frívola.

– Ya veo -aceptó con sarcasmo-. De modo que exponía tonterías cuando le dijo que no podían obligarla a casarse con un ogro. No sabe cuánto me alivia. Ya que si fuera a oponerse en serio a mí, tiemblo al pensar en mi destino.

– Y yo -replicó ella. No pensaba dejar que se saliera con la suya. Él enarcó levemente las cejas, aunque por lo demás no se dignó a reaccionar-. Es hora de que me marche -añadió-. Llamaré un taxi…

Sebastián se movió con celeridad para interponerse entre ella y el teléfono.



12 из 125