
– Antes de que lo haga, quizá podría contarme cómo ha sido la velada. ¿Disfrutaron de Julio César?
– Mucho -intervino Catalina antes de que Maggie pudiera detenerla-. Es una obra magnífica, y la actuación fue inspirada. Nos entusiasmó, ¿verdad, Maggie?
– Sí, lo imagino -se volvió hacia la institutriz-. ¿Disfrutó tanto como Catalina de la representación…?
– Don Sebastián… -las alarmas de Maggie se dispararon.
– ¿O al menos tendrá el sentido común de reconocer la verdad? -cortó él con brusquedad-. Esta noche no fueron a ver esa obra.
– Sí que fuimos -insistió Catalina con poca perspicacia-. En serio, fuimos.
– Ya es suficiente -Maggie apoyó una mano en el brazo de la joven-. No hace falta seguir, Catalina. No hemos hecho nada de lo que avergonzarnos. Quizá es don Sebastián quién debería sentirse avergonzado por habernos espiado.
– Ha sido un comentario poco afortunado, señora -afirmó con voz dura-. No le debo ni a usted ni a nadie justificar mis actos, pero le diré una cosa. Llegué inesperadamente y decidí unirme a ustedes en el teatro. Cuando resultó obvio que no estaban allí, regresé aquí para esperar. Es más de la una de la mañana, y si sabe lo que es conveniente para usted, me explicará exactamente adonde fueron y a quién han visto.
– ¿Cómo se atreve? -espetó Maggie-. No hemos visto a nadie. Catalina ha estado conmigo, y solo conmigo, toda la velada.
– ¿Vestidas de esa manera? -preguntó con desdén, contemplando el contorno elegantemente sexy del vestido-. No lo creo. Las mujeres se arreglan para los hombres, no para sí mismas.
– ¡Tonterías! -exclamó, perdiendo la serenidad-. A Catalina le gusta arreglarse por el placer que eso le proporciona, como a cualquier muchacha. Yo me arreglé para hacerle compañía.
– Me perdonará que no acepte su palabra -dijo con frialdad.
– No, no lo perdonaré, porque jamás cuento mentiras.
