
– Pero Catalina sí. Bajo su tutela se siente libre para engañarme. Ahora ya conozco qué clase de ejemplo le da. La lleva solo Dios sabe dónde y la anima a mentir acerca del lugar al que han ido.
– Yo no la he animado a… No pude detenerla. Sí, fue una mentira tonta, pero inocente, y no hubiera tenido lugar si usted no hubiera actuado como un hombre que trae la Palabra de Dios desde lo alto de la montaña. Deje de hacer que algo tan trivial se convierta en algo importante. Tiene dieciocho años, por el amor del cielo, y derecho a disfrutar de un poco de diversión inocente.
– Yo seré quien juzgue eso.
Del otro lado de la puerta del dormitorio se oyó el sonido de un gemido.
– Pobre Isabel -manifestó Catalina-. Olvidaba que no se siente bien. Debería ir a su lado.
– Sí, hazlo -aconsejó Maggie, observando a Sebastián con ojos centelleantes-. Nos pelearemos mejor sin ti.
Catalina se marchó con pasos presurosos, dejando a los otros dos para que se estudiaran como luchadores. Una vez más Maggie volvió a experimentar la sensación de peligro. No estaba asustada. Algo en el peligro le provocaba júbilo cuando podía enfrentarlo cara a cara. Quizá era él quien debería de tener miedo.
Capítulo 2
– Tiene razón, señora -dijo Sebastián-. Mi prometida es inocente en este asunto. La culpa recae sobre la mujer encargada de su bienestar, quien ha fallado de manera notable en cumplir con sus responsabilidades. Por última vez, exijo que me cuente dónde han estado.
– En el teatro.
– ¿Viendo qué?
– Un musical ligero. No tan serio ni edificante como Julio César, pero estamos en navidad y ninguna de las dos tenía ganas de pensar en guerra y asesinatos.
– ¿Y ese musical ligero tiene título? -gruñó. Sabía que lo estaba engañando.
– Sí -suspiró-. Se llama ¿En tu casa o en la mía? -repuso con renuencia.
– ¿En tu casa o en la mía? -repitió-. Supongo que eso me indica qué clase de entretenimiento soez considera adecuado para una joven protegida.
