
– Tonterías -espetó con firmeza-. El título lleva a engaño. No es en absoluto soez… solo un poco picante, pero básicamente inocente.
– ¿De verdad? -recogió el periódico que había estado leyendo para pasar el tiempo y señaló un anuncio para la obra que acababan de ir a ver-. «Descarada» -citó-. «¡Excitante! ¡No lleven a su abuela!»
Maggie intentó contener el temblor en los labios, sin éxito.
– ¿Es que la divierto? -preguntó él con tono de advertencia.
– Francamente, sí. Si supiera algo sobre publicidad, comprendería que esa clase de texto va dirigido a hacer que el público crea que se trata de una obra más escandalosa de lo que es. «No lleven a su abuela» significa que ni su abuela se escandalizaría. A mi abuela le habría encantado.
– No me cuesta imaginarlo.
– ¿Qué ha querido decir?
– ¿Desea que se lo deletree?
– No a menos que disfrute siendo desagradable, cosa de la que empiezo a estar convencida. ¡Qué rabieta por nada¡ Catalina es joven y bonita. Debería de estar saliendo con jóvenes de su edad, pero, ¿qué le ofrece usted? Julio César, ¡por el amor de Dios! Hombres con túnicas y faldas cortas y rodillas huesudas.
– Como no ha visto la obra, no está cualificada para comentar sobre las rodillas de los actores -soltó.
– Apuesto que eran huesudas. Una joven protegida como Catalina sin duda habría quedado asustada por la visión -pero el humor se desperdiciaba en ese hombre.
Había entrecerrado los ojos de una manera que algunas personas habrían podido encontrar intimidatoria, pero Maggie ya había cruzado ese umbral. Jamás había conocido a alguien que la enfureciera tan deprisa.
– Usted tiene sus valores y yo los míos -comentó él al final-. Parecen ser completamente distintos. Me culpo a mí mismo por contratar sus servicios sin haber comprobado sus referencias.
