
– ¿No tiene los dedos en demasiados pasteles? – exigió exasperada-. ¿Es que cada detalle ínfimo ha de ser sometido a su control?
– Con cada palabra revela lo poco que entiende. Cuando un hombre se halla en un puesto de autoridad, el control es esencial. Si no controla todos los detalles, su autoridad es incompleta.
– ¡Detalles! -exclamó con voz explosiva-. Habla de la vida de esa pobre muchacha. Y si considera eso como un detalle, solo puedo decir que la pobre me da pena.
– Es una suerte que no esté obligado a tomar en consideración su opinión -espetó Sebastián.
– Imagino que jamás lo ha hecho con la opinión de nadie -replicó ella.
– No tolero interferencias en mis asuntos privados. No le corresponde a usted criticarme a mí o mi inminente matrimonio.
– Si tuviera algo de decencia, no se celebraría ningún matrimonio.
– Todo lo contrario, es mi sentido del deber lo que me impulsa a tomar a una joven de cabeza ligera como esposa. En el lecho de muerte, su padre me hizo prometerle que la protegería, y yo le di mi palabra.
– Pues sea su tutor, ¡pero no su marido!
– El poder de un tutor termina el día en que su pupilo se casa. La protegeré mejor siendo su tutor de por vida.
– De todas las…
– Ya conoce a Catalina. ¿Es inteligente? Vamos, sea sincera.
– No, no lo es. Tiene la mente de una mariposa. Razón de más para que se case con un hombre a quien eso no le importe.
– ¿Y cómo va a elegir a su marido? Es una heredera, y los cazafortunas la acosarán. ¿Se imagina la elección que realizará? Yo no necesito el dinero. Redactaré un acuerdo matrimonial que lo deje todo a favor de sus hijos, y luego le proporcionaré lo que quiera.
– Salvo amor.
– Amor -repitió con desdén-. Qué sentimentales son los ingleses. ¿Cree que el matrimonio tiene algo que ver con el amor romántico? Mi esposa estará protegida y cuidada. Le daré hijos a los que amar.
