– Y ella tendrá que sentirse satisfecha con el pequeño rincón de su vida que le dedicará como un favor.

– Sé cómo son las cosas -la observó con cinismo-. Usted cree que un hombre es un buen marido solo si se postra ante la mujer y la adora, como un ser débil. Pero le diré que un hombre que adora de verdad carece de orgullo y que no hay que confiar en el hombre que solo finge.

– ¿Considera que un hombre fuerte ha de ser condescendiere con una mujer? -demandó Maggie.

– Creo que los hombres y las mujeres tienen sus respectivos deberes y su deber es cumplirlos bien. Y como he dicho no creo que mi papel sea el de mirar con adoración a ninguna mujer. Supongo que ha estado llenándo la cabeza de Catalina con sus bonitas tonterías.

– Catalina es joven. Sabe lo que quiere de la vida, y no es a usted.

– Estoy seguro de que no se equivoca. Le gustaría un joven de verbo seductor que la haga volar, gaste su dinero y le dé la espalda cuando se agote. ¿Es el destino que quiere para ella?

– No, desde luego que no, yo… -algo le dificultaba hablar. Las palabras de él habían tocado un punto sensible. Se volvió y se dirigió a la ventana, para no tener que mirarlo. Aunque el cristal reflejó que la observaba con el ceño fruncido.

– ¿De qué se trata? -preguntó al rato.

– No es nada -respondió ella con celeridad-. Tiene razón, no es asunto mío. Pronto se llevará a Catalina y no volveré a verla.

– ¿Cómo era su marido? -preguntó Sebastián con una percepción que la asustó.

– Prefiero no hablar de él.

– Comprendo -dijo con aspereza-. Usted puede cuestionar mi matrimonio, el cual, como bien ha reconocido, no es de su incumbencia, pero si yo quiero hablar del suyo, se siente con derecho a rechazarme -le hizo dar la vuelta para que lo mirara- Hábleme de su marido.

– No -intentó soltarse, pero la retenía con firmeza.

– He dicho que me hablara de él. ¿Cómo era para provocar esa expresión de retraimiento en su cara cuando se lo menciona?



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