
– Muy bien, era español -soltó con furia-. Todo lo demás prefiero olvidarlo.
– ¿Vivió usted en España?
– Ya es suficiente. Suélteme de inmediato -pero los dedos largos cerrados en tomo a su brazo no obedecieron.
– Prefiero continuar así. No deseo seguirla por la habitación. Le he preguntado si vivió en España, y hasta ahora no me ha contestado.
– No, y no pienso hacerlo.
– Pero yo me ocuparé de que responda. He sido muy paciente mientras me interrogaba y me exponía sus opiniones insultantes, pero se me ha agotado la paciencia. Ahora hablaremos de usted. ¿Su marido era un hombre apasionado?
– ¿Cómo se atreve…? No es asunto… -los ojos irónicos de él la detuvieron, recordándole la franqueza con la que ella había hablado de sus asuntos privados.
«Pero eso es diferente», se dijo con vehemencia. No le daba derecho a invadir los secretos de alcoba.
– Contésteme -persistió-. ¿Era apasionado?
– Me sorprende que lo pregunte -Maggie se recuperó-. Acaba de decirme que el amor no tiene nada que ver con el matrimonio.
– Y así es. Pero hablo de pasión, que no tiene nada que ver con el amor. Lo que un hombre y una mujer experimentan en la cama es otro universo. Poco importa que estén o no enamorados. De hecho, un toque de antagonismo puede potenciar el placer.
– ¡Qué tontería! -respiró de forma entrecortada.
Él no respondió con palabras, pero sus dedos apartaron con lentitud el chal de seda para dejarle los hombros al desnudo. Un temblor recorrió a Maggie.
– Sabe que se equivoca.
La inmovilizó con la mirada, dejando asombrosamente claro lo que quería decir. La hostilidad que al principio se había encendido entre ellos, para él representaba una atracción. La invitaba a imaginarse en la cama a su lado, desnudos, convirtiendo la furia en placer físico. Y lo hacía con tanto vigor que ella no pudo evitar responder. Vio las imágenes en contra de su voluntad, asombrosas en su poder y abandono: un hombre y una mujer que habían descartado la contención y se empujaban entre sí a un éxtasis cada vez mayor.
