Era intensamente consciente de la fuerza física de él. En el pasado, antes de que la pasión la traicionara, había respondido con intensidad, tanta que, en la desilusión se había alejado del deseo, temiéndolo como si fuera un traidor. Lo había matado. O al menos eso era lo que había creído.

Pero había vuelto en ese momento, dormido, a la espera de que lo despertara el tono de voz de un hombre. «¡No este hombre!», juró en silencio. Pero incluso al prometérselo fue consciente de su cuerpo, de lo esbelto y duro que era, de sus piernas largas con sus muslos musculosos apenas perceptibles debajo del traje conservador. El contacto de sus dedos era ligero, pero a través de ellos solo parecía emanar fuerza, haciéndole pensar lo que eso podía representar para una mujer en la cama. Poder en las manos de él, en sus brazos, en su entrepierna…

Intentó desterrar esos pensamientos, pero la voluntad de él era más poderosa que la suya. Parecía haberse apoderado de su mente, sin darle otra elección que ver lo que deseaba ver.

– Sí -musitó Sebastián-. Sí.

– Jamás -murmuró Maggie, como en un trance.

– Entonces, ¿no era apasionado?

– ¿Quién? -susurró.

– Su marido.

Su marido. Claro, habían estado hablando de su marido. El mundo, que había dado la impresión de desvanecerse durante un momento encendido, volvió a asentarse en su sitio.

– No hablaré de él con usted -repitió las palabras que había pronunciado antes, porque su mente se hallaba demasiado confusa para pensar en otras.

– Me pregunto por qué. ¿Será porque en la cama era un dios y le mostró un deseo que ningún hombre podría igualar? ¿O porque era ignorante en cuestión de mujeres, sin saber nada de sus secretos y demasiado egoísta para aprender, un ser débil que la dejó insatisfecha? Creo que ese hombre le falló. ¡Qué tonto! ¿Acaso desconocía lo que poseía?



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