
– Jamás fui su posesión.
– Entonces no era un hombre, o habría sabido cómo conseguir que quisiera ser suya. ¿Por qué no responde a mi pregunta?
– ¿Qué pregunta?
– ¿Vivió en España?
– Durante unos años.
– Y sin embargo, no sabe nada sobre la mente española.
– Sé que no me gusta, y eso es todo lo que necesito saber.
– Así de simple, con unas pocas palabras condena a todo un pueblo.
– No -desafió-. Condeno a todos los hombres de su pueblo. Y ahora suélteme, en este instante.
Él rió en voz baja y la soltó. Algo en el sonido le provocó un escalofrío. Resultaba imperdonable que hubiera invocado recuerdos que aún la atormentaban.
– ¡A todos los hombres españoles! -exclamó Sebastián con ironía-. ¿Es que no considera que algunos somos «tolerables»?
– Ninguno -manifestó con frialdad.
– ¡Qué trágico haber caído en su desagrado!
– No se moleste en tratar de burlarse de mí. Ya no trabajo más para usted.
– Eso lo determino yo.
– No. Hay dos partes en un contrato, y acabo de decidir ponerle fin. Y permita que le diga que usted me lo facilitó mucho.
– No tan deprisa. Aún no he terminado con usted.
– Pero yo sí con usted. Mi cometido ha concluido… lo cual es una suerte, porque después de conocerlo no tengo ganas de prolongar mi relación laboral con usted. Buenas noches -por la expresión que vio en su cara, comprendió que lo enfurecía que fuera ella quien tuviera la última palabra.
– ¿Me permite preguntarle si espera que le de referencias?
– Haga lo que le apetezca. Jamás me falta trabajo. De hecho, me es tan indiferente la opinión que pueda tener de mí como a usted pueda importarle la mía -le alegró ver que eso lo irritaba de verdad-. Me despediré de Catalina e Isabel -se dirigió hacia el dormitorio-, y luego ya no volveré a molestarlo.
