
– Soy española: él es español. ¿Por qué necesito una educación inglesa?
– Por el mismo motivo que necesitaste una educación francesa, para que puedas ser una mujer cultivada y la anfitriona de sus fiestas -antes de que su rebelde pupila pudiera contestar, la hizo entrar en una cafetería, localizó una mesa y ordenó-: ¡Siéntate!
La joven española era encantadora pero agotadora. Faltaba poco para que regresara a España y ella pudiera descansar. Los últimos tres meses su misión había sido perfeccionar el inglés de Catalina y compartir los deberes de escolta con Isabel, su acompañante de mediana edad. Las dos mujeres españolas vivían en uno de los hoteles más lujosos de Londres, por cortesía de don Sebastián, quien también había organizado su agenda y pagaba el sueldo de Maggie.
Todo se había preparado desde la distancia. Hacía seis meses que don Sebastián no encontraba tiempo para ver a su prometida, y ello durante un vuelo a París, en el cual había comprobado la mejoría del francés de Catalina y poco más.
Las decisiones diarias estaban en manos de Isabel, quien contrataba a los profesores locales, se comunicaba con Sebastián y le transmitía los deseos de este a su futura mujer.
En ese momento se encontraba en los Estados Unidos y se esperaba que llegara a Londres la semana siguiente, para luego volver a España con Catalina con el fin de preparar la boda. Aunque era posible que no tuviera tiempo de presentarse en Londres, en cuyo caso viajarían sin él. «Sin importar de qué se lo pueda acusar», pensó Maggie, «entre los cargos no figura una pasión encendida».
Le resultaba imposible comprender en qué había pensado al elegir a una novia tan poco adecuada. Catalina era ignorante y cabeza hueca, loca por los trapos, la música pop y los chicos. En la imaginación de nadie podía ser la prometida de un hombre serio que ocupaba un cargo en el gobierno andaluz.
