
Pero al entrar en la habitación de Isabel se encontró con una imagen alarmante. La figura rellena de la mujer daba vueltas en la cama y el rostro se le contorsionaba por el dolor.
Catalina se hallaba sentada en la cama. Al entrar Maggie, la miró con expresión asustada.
– Está muy enferma -gimió la joven-. No sé qué hacer. No me deja llamar a un médico.
– Necesita más que un médico -indicó Maggie. No había teléfono en la mesita de noche, así que se asomó al salón y ordenó-: Pida una ambulancia.
– ¿Qué ha pasado? -inquirió Sebastián, yendo hacia ella.
– Luego -indicó con impaciencia-. Pida la ambulancia. ¡Deprisa!
– No -protestó Isabel con voz débil-. Me pondré bien pronto.
– Le duele mucho, ¿verdad? -preguntó Maggie, arrodillándose junto a la cama.
– No es nada -dijo Isabel con voz rota, y jadeó. Se aferró el costado y movió la cabeza de un lado a otro sumida en la agonía.
Maggie corrió al salón.
– La he pedido -indicó Sebastián-. Me han dicho que llegaría enseguida. Es evidente que a usted le parece algo grave.
– Antes comentó que le dolía la cabeza, aunque el dolor parece ser en el costado. Podría tratarse del apéndice, y como se haya herniado, será grave.
– No sé qué hacer -gimió Catalina ante la puerta-. Le duele mucho, no puedo soportarlo.
– Serénate -dijo Maggie con amabilidad pero con firmeza-. Es la pobre Isabel quien tiene que soportarlo, no tú. No deberías haberla dejado sola. No, no te muevas; yo iré a su lado -regresó junto a la cama.
– Nada de hospitales -suplicó Isabel-. Por favor, nada de hospitales.
– Tiene que recibir cuidados médicos -susurró Maggie.
Comenzó a hablarle en voz baja, tratando de tranquilizarla, pero no fue capaz de llegar hasta ella, al parecer enloquecida por el terror que le provocaba la mención de la palabra «hospital». Con alivio, oyó que llamaban a la puerta de la suite. Vio que Sebastián dejaba pasar a los enfermeros. Pero Isabel en ese momento se hallaba sumida en un estado de histeria.
