– No -gritó-. ¡Ningún hospital, por favor, ningún hospital!

Al siguiente instante apareció Sebastián. Maggie se incorporó cuando se acercó a la cama para tomar la mano de Isabel.

– Ya basta -dijo con voz suave-. Debes ir al hospital. Insisto.

– Se llevaron allí a Antonio, y murió -murmuró la mujer.

– Eso fue hace muchos años. Los médicos han mejorado. No vas a morir. Vas a ponerte bien. Sé sensata, querida prima. Hazlo para complacerme.

– Tengo miedo -susurró, dejando de retorcerse.

– ¿Qué puedes temer si yo estoy contigo? -preguntó él con una sonrisa.

– Pero tú no estarás allí.

– No me apartaré en ningún momento de tu lado.

Con movimiento veloz, apartó el edredón y la alzó en brazos, como si su considerable peso no significara nada para él. Isabel dejó de debatirse y con gesto de confianza apoyó la mano en el cuello de Sebastián, mientras éste la llevaba hasta la camilla. Maggie suspiró aliviada.

Cuando los enfermeros salieron con premura, Sebastián iba a seguirlos, pero se detuvo en el umbral y giró la cabeza.

– ¡Ven! -le ordenó a Catalina.

– Odio esos sitios -la joven tuvo un escalofrío.

– Olvida eso. Haz lo que te digo. Isabel está bajo nuestra responsabilidad. No ha de quedar sola sin recibir el consuelo de una mujer. En el futuro estos serán tus deberes, así que bien puedes empezar ahora.

Catalina miró a Maggie con expresión desvalida.

– De acuerdo -suspiró esta, reconociendo lo inevitable-. Iré yo -miró a Sebastián a los ojos-. Ya tendré tiempo de renunciar luego.

– Desde luego -aceptó él con ironía-. Y mi prometida se volverá tenaz y responsable por arte de magia, ¿verdad?

En la agitación del momento, Maggie no tuvo necesidad de contestar. En la calle, los enfermeros introdujeron la camilla en la ambulancia. Sebastián fue tras ellos, indicando un coche situado detrás.



22 из 125