Gail solía referirse a su marido de la misma manera que otros aludían a molestos compañeros de habitación, si bien India estaba convencida de que, por mucho que protestase, su amiga lo quería. Estaba segura de que era así pese a que las pruebas apuntaban en sentido contrario.

– Sé que lo pasaréis bien y veréis muchas cosas interesantes – apostilló India, aunque la idea de pasar períodos largos en el coche con los gemelos de nueve años y otro hijo de catorce tampoco la atraía.

– No conoceré a un apuesto italiano porque estaré todo el tiempo con los chicos y Jeff querrá que le haga de intérprete.

India rió y meneó la cabeza. Una de las peculiaridades de Gail consistía en hablar de otros hombres… y en ocasiones hacía algo más que hablar. Le había contado que en sus veintidós años de matrimonio con Jeff había vivido varias aventuras y la sorprendió al añadir que, a su manera, eso había mejorado la pareja. Era una clase de perfeccionamiento que a India jamás la había atraído y con el que no estaba de acuerdo. No obstante, sentía un gran afecto por Gail.

– Puede que Italia despierte algo de romanticismo en Jeff – dijo.

Se colgó la cámara del hombro y contempló a aquella mujer menuda e inquieta que había sido el terror de los tribunales. Era una situación fácil de imaginar. Gail Jones no aceptaba tonterías de nadie y, menos aún, de su marido. Era una amiga leal y, pese a sus quejas, una madre cariñosa.

– Creo que ni una transfusión de sangre de un gondolero veneciano despertaría el romanticismo en Jeff Jones. Por si esto fuera poco, los chicos nos acompañarán las veinticuatro horas del día. Antes de que lo olvide, ¿te has enterado de que los Lewison se han separado?

India asintió con la cabeza. No prestaba mucha atención a los cotilleos pues estaba demasiado ocupada con su vida, sus hijos y su esposo. Tenía un grupito de amigas por las que se preocupaba, pero las extravagancias de la vida de otros y curiosear no la atraían.



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