Sam protestó e India saludó a Gail con la mano mientras su amiga y los gemelos subían a la furgoneta. India se sentó al volante de la camioneta. Pese a todo, la charla había sido muy interesante. Gail no había perdido la capacidad de interrogar.

Al encender el motor India miró a su hijo por el retrovisor. Sam parecía cansado y contento. Tenía la cara manchada de polvo y daba la sensación de que había peinado su cabellera rubia con un batidor. Le bastó observarlo para recordar los motivos por los que ella no se ocultaba entre los arbustos en Etiopía o en Kenia. Ese rostro cubierto de polvo lo explicaba todo. Daba igual que su vida fuese aburrida.


Recogieron a Aimee y Jason en la escuela y emprendieron el regreso a casa. Jessica acababa de llegar y la mesa de la cocina estaba atiborrada de libros. El perro no cabía en sí de contento, meneaba la cola y ladraba. Esa era la vida que India conocía y había elegido. La idea de compartirla con alguien que no fuese Doug la deprimió. Si a Gail no le bastaba con Jeff, lo sentía por ella. Al final cada uno hacía lo que le iba mejor. India había escogido esa vida. Sus fotos tendrían que esperar cinco o diez años más, aunque sabía que ni siquiera en el futuro abandonaría a Doug para recorrer medio mundo en busca de aventuras. No podía tenerlo todo. Hacía años que lo había comprendido. Había tomado una decisión y todavía la consideraba válida. Además, sabía que Doug apreciaba su elección.

– ¿Qué hay de cenar? – gritó Jason para hacerse oír en medio de los ladridos del perro y el clamor de sus hermanos.

Jason formaba parte del equipo escolar de atletismo y estaba muerto de hambre.

– ¡Servilletas de papel y helado si no salís de la cocina y me dejáis en paz cinco minutos! – gritó India.

Su hijo mayor cogió una manzana y una bolsa de patatas y se dirigió a su habitación a realizar las tareas escolares.



19 из 324