
Servía la cena cuando llegó Doug, que estaba algo agobiado. Salvo que hubiese crisis en el despacho regresaba a las siete en punto. Su jornada duraba doce horas o algo más, pero se lo tomaba con calma. Besó el aire cerca de la cabeza de su esposa, dejó el maletín sobre la mesa, sacó una coca-cola de la nevera, miró a India y sonrió.
Ella se alegró de verlo.
– ¿Qué tal te ha ido? – preguntó, y se secó las manos con un paño de cocina.
Varios mechones de pelo trigueño enmarcaban el rostro de India, que apenas se preocupaba de su aspecto. Afortunadamente no lo necesitaba. Tenía facciones clásicas, saludables y definidas y la coleta le quedaba muy bien. Su cutis era excelente, aparentaba treinta y cinco años en lugar de cuarenta y tres, poseía una figura larga y esbelta a la que sentaban bien los tejanos, las camisas y los jerséis de cuello alto, que eran su uniforme de cada día.
Doug dejó la lata encima de la mesa, se aflojó la corbata y replicó:
– Como siempre. No ha pasado nada emocionante. Me he reunido con un nuevo cliente. – Su vida laboral era bastante tranquila y cuando surgían problemas los comentaba con India -. Y tú, ¿qué has hecho?
– Sam jugó al fútbol y tomé fotos del equipo. No he hecho nada del otro mundo.
Mientras hablaba, India pensó en Gail y en lo que había dicho acerca de que sus vidas eran aburridas. Tenía razón. ¿Qué más podía esperar? Criar cuatro hijos en Connecticut no era una tarea fascinante ni emocionante. India no entendía de qué manera los devaneos de Gail modificarían la situación. Se engañaba si pensaba que marcaban una diferencia o mejoraban su vida.
– ¿Te gustaría cenar mañana en Ma Petite Amie, querida? – propuso Doug después de que India llamase a los niños a cenar.
