Regresó a Nueva York un año y medio después que Doug, cuando éste le dio un ultimátum. Le dijo que si quería compartir el futuro con él le convenía «asentar el culo en Nueva York» y dejar de jugarse el pellejo en Pakistán y Kenia. India sabía que tenía por delante una vida muy parecida a la de su padre y que tal vez también conseguiría el Pulitzer, pero al mismo tiempo reconocía los riesgos de la situación. A la larga, a su padre le había costado la vida y, hasta cierto punto, el matrimonio. Los únicos momentos de la vida que le importaban verdaderamente eran cuando lo arriesgaba todo a cambio del encuadre perfecto mientras las bombas estallaban a su alrededor. Doug le recordó que si deseaba estar con él y disfrutar una existencia mínimamente tranquila, tarde o temprano tendría que decidirse y renunciar a su profesión.

A los veintiséis años se casó con Doug y durante un par de años trabajó para el New York Times haciendo fotos locales. Doug estaba deseoso de tener hijos. Jessica nació poco antes de que India cumpliese los veintinueve. Dejó su trabajo en el periódico, se mudaron a Connecticut y cerró definitivamente las puertas a su vida anterior. Fue el acuerdo al que llegaron. Cuando se casaron, Doug dejó claro que, en cuanto tuvieran hijos, India tendría que dedicarse exclusivamente a la familia. Ella accedió, pues pensaba que estaría preparada para esa renuncia. Tuvo que reconocer que dejar el Times y consagrarse a la maternidad había sido más duro de lo que creía. Al principio echaba de menos su trabajo. Luego lo recordaba con pesar y después ni siquiera le quedó tiempo de pensar en ello.



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