
Tuvo cuatro hijos en cinco años, por lo que apenas pudo tomarse un respiro o colocar un carrete en la cámara. Se dedicó a los trayectos cortos en coche, los pañales, la dentición, los cuidados infantiles, la fiebre, los grupos de juegos y un embarazo tras otro. Las dos personas a las que veía con más frecuencia eran el ginecólogo y el pediatra y, por descontado, las demás mujeres con las que se encontraba a diario, que llevaban una existencia idéntica a la suya y sólo se ocupaban de sus hijos. Algunas habían renunciado a su profesión o decidido moderar sus inquietudes adultas hasta que los hijos tuvieran una cierta edad. India se decantó por esta opción. Esas médicas, abogadas, escritoras, enfermeras, pintoras y arquitectas habían arrinconado sus profesiones a fin de ocuparse de los hijos. Algunas no hacían más que quejarse. Aunque añoraba el trabajo, a India no le molestaba lo que hacía. Adoraba compartir la jornada con sus hijos aunque al llegar la noche estuviese agotada y Doug llegara demasiado tarde para ayudarla. Era la vida que había elegido, la decisión que había tomado, el acuerdo que no había dejado de cumplir un solo día. No habría cambiado el cuidado de sus hijos por seguir trabajando. Si tenía tiempo, una vez cada equis años cubría una noticia. No disponía de tiempo para hacerlo más a menudo, como ya había explicado a su representante.
Lo que no sabía o no había comprendido claramente antes del nacimiento de Jessica fue lo mucho que se distanciaría de su existencia anterior. Mientras fotografiaba a los guerrilleros nicaragüenses, los niños que morían de hambre en Bangladesh o las inundaciones en Tanzania, no imaginaba lo distinta que sería o hasta qué punto se convertiría en otra persona.
Era consciente de que debía cerrar la puerta a los primeros capítulos de su vida y lo había hecho sin pensar en el prestigio que había ganado, en lo emocionante que era y en su capacidad. En su fuero interno – y, sobre todo, en el de Doug -, renunciar era el precio que debía pagar a cambio de tener hijos.