
No existía otra posibilidad. Conocía a algunas mujeres que hacían malabarismos para trabajar fuera y en casa; conocía a un par de amigas que seguían ejerciendo de abogadas y dos o tres veces por semana se trasladaban a la ciudad, artistas hogareñas y algunas escritoras que se esforzaban por escribir relatos entre el biberón de la medianoche y el de las cuatro de la madrugada. Pero al final abandonaban agotadas. A India le resultó imposible. No veía cómo continuar con su profesión tal como la había conocido. Se mantenía en contacto con su representante y de vez en cuando cubría noticias locales, aunque fotografiar las exposiciones florales de Greenwich no le producía la menor satisfacción. Por si fuera poco, a Doug no le gustaba. Por eso usaba la cámara como una especie de herramienta materna: no dejó de realizar archivos fotográficos de los primeros años de vida de sus hijos y de los niños de sus amigas, de la escuela y de actividades deportivas. Eso era lo que hacía en ese momento, mientras Sam y sus amigos jugaban al fútbol. No existía otra opción. Estaba atada, encadenada, con los pies encajados en un bloque de cemento, sujeta a su existencia de mil maneras distintas, tanto visibles como invisibles. Era lo que Doug y ella habían acordado y lo que querían. Ella había cumplido su parte del trato, pero siempre llevaba la cámara consigo. Era incapaz de imaginar la vida sin una cámara fotográfica.
De vez en cuando pensaba que volvería a trabajar en cuanto los niños crecieran, tal vez dentro de cinco años, fecha en que Sam ingresaría en el instituto. De momento no era posible. Sam sólo tenía nueve años; Aimee, once; Jason, doce, y Jessica, catorce. La vida de India era una ronda incesante de actividades de sus hijos: deportes extraescolares, barbacoas, partidos de fútbol y clases de piano. La única manera de cumplir con todo consistía en no parar jamás, no pensar en ti misma ni sentarse cinco minutos.