
Sus hijos vivían en un mundo muy distinto al de los niños que había retratado hacía dos décadas; esos niños se morían de hambre en África, corrían peligros inimaginables en los países subdesarrollados, arriesgaban su supervivencia diariamente, tenían que huir de sus enemigos o morían a causa de agresores naturales como las enfermedades, las inundaciones y las hambrunas. Sus hijos jamás conocerían una vida así, y eso era un hecho que la alegraba profundamente.
En ese instante, India vio que su hijo pequeño se apartaba de la maraña de críos que se le habían echado encima después de marcar un gol y la saludaba con la mano.
India sonrió, accionó el obturador de la cámara y regresó lentamente al banco donde se sentaban las otras madres. Ninguna miraba el partido pues estaban ocupadas charlando. Su presencia era tan habitual que casi nunca se fijaban en el juego o en lo que hacían sus hijos. Hacían acto de presencia, lo mismo que el banco en que se sentaban: formaban parte del escenario o del equipo.
A medida que India se acercaba, Gail Jones sonrió al verla. Hacía muchos años que eran amigas. India sacó del bolsillo un carrete y Gail le hizo sitio para que se sentase. Por fin los árboles volvían a tener hojas y todas estaban de buen humor. Gail sonrió y le ofreció un cappuccino en un vaso de plástico. Era un ritual, sobre todo en los gélidos inviernos en que asistían a los partidos de sus hijos, con el suelo cubierto de nieve, lo que las obligaba a mover los pies y caminar para entrar en calor.
– Sólo faltan tres semanas para que termine este curso – comentó Gail con alivio, y bebió un sorbo del humeante cappuccino -. Detesto los partidos de fútbol. Me encantaría tener niñas, al menos una. Cualquier día la vida definida por las camisetas y las botas de fútbol me volverá loca – acotó y sonrió pesarosa.
India sonrió a Gail, colocó el carrete y cerró la cámara. Estaba acostumbrada a las quejas de su amiga. Hacía nueve años que Gail se lamentaba de haber renunciado a su profesión de abogada.
