
– Te aseguro que también te hartarías del ballet. Es lo mismo, con otro uniforme y más presión – aseguró India a sabiendas de lo que decía.
Esa primavera, después de ocho años Jessica había dejado el ballet e India no sabía si alegrarse o preocuparse. Echaría de menos los festivales pero no añoraría los tres viajes semanales en coche. Jessica había cambiado el ballet por el tenis y ponía el mismo empeño; afortunadamente podía ir en bici y su madre no estaba obligada a coger el coche.
– Al menos las zapatillas de ballet son bonitas – repuso Gail mientras se levantaba.
Ambas mujeres caminaron lentamente alrededor del campo. India quería hacer más fotos desde otro ángulo para regalarlas al equipo y Gail la acompañó. Eran amigas desde que los Taylor se mudaron a Westport. El hijo mayor de Gail era como Jessica y tenía gemelos de la edad de Sam. Entre un embarazo y otro Gail había esperado cinco años pues su deseo era volver a trabajar. Se había dedicado a pleitos, pero después de alumbrar a los gemelos dejó de trabajar y tenía la sensación de que llevaba demasiado tiempo desconectada para plantearse regresar al bufete. En lo que a Gail se refería, su carrera había terminado; tenía cinco años más que India y aseguraba que, a los cuarenta y ocho, ya no le apetecía desgañitarse en los tribunales. Aseguraba que lo que de verdad añoraba eran las conversaciones inteligentes. Pese a las quejas, a veces Gail reconocía que era más fácil llevar esa vida y dejar que su marido librara diariamente la guerra en Wall Street. Su existencia también se definía por partidos de fútbol y traslados en coche. A diferencia de India, Gail estaba más dispuesta a reconocer que su vida la aburría. Por añadidura, tenía una leve y constante sensación de desasosiego.
– ¿Qué piensas hacer? – inquirió Gail en cuanto acabó el cappuccino -. ¿Cómo va la vida en el paraíso de las madres?
