La mujer del mostrador le hizo una seña para que se acercara. Claire obedeció, arrastrando las dos maletas.

– Hola. Tengo una reserva.

– ¿Nombre?

– Claire Keyes.

Claire le entregó el carné de conducir y su tarjeta de crédito platino.

La mujer examinó el carné.

– ¿Tiene seguro, o quiere contratar uno para el coche?

– Desearía contratar el suyo.

Era más fácil que explicar que no tenía coche y que, en realidad, nunca lo había tenido. La única razón por la que tenía carné de conducir era que se había empeñado en tomar clases cuando cumplió los dieciocho años, y que había estudiado y practicado hasta aprobar el examen.

– ¿Multas o accidentes? -preguntó la mujer.

Claire sonrió.

– Ninguno.

Para eso habría tenido que conducir de verdad. Algo que no había hecho más que una o dos veces en los últimos años.

Firmó un par de impresos y después la mujer le devolvió el carné y la tarjeta de crédito.

– Número sesenta y ocho. Es un Malibú. Dijo que quería un tamaño mediano. Puedo ofrecerle algo más grande, si quiere.

Claire parpadeó.

– ¿Número sesenta y ocho qué?

– Su coche. Está en la plaza sesenta y ocho. Las llaves están puestas.

– Oh, gracias. No, no quiero más grande.

– Muy bien. ¿Quiere un mapa?

– Sí, por favor.

Claire se guardó el mapa en el bolso y arrastró las maletas fuera de la estructura de cristal. Pasó por delante de las filas de coches, encontró el número sesenta y ocho y se quedó mirando el Malibú plateado.

Tenía cuatro puertas, y era enorme. Ella tragó saliva. ¿Iba a conducir de verdad? Aquélla era una pregunta para más tarde. Primero tenía que salir del aparcamiento.

El desafío número uno fue meter el equipaje al maletero. No había manera de abrirlo. Ni botones, ni tiradores. Empujó y tiró, pero el maletero no se abrió. Al final, se rindió. Metió las dos maletas en el asiento trasero y se sentó al volante.



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