
– No se moleste.
– No es molestia. Será divertido.
Salió de la tienda silbando mientras se acercaba a su coche, que estaba aparcado enfrente.
Hawk se había dado cuenta de que a Nicole le gustaba decir la última palabra. Obviamente, estaba acostumbrada a llevar las riendas y a salirse con la suya. El fútbol le había enseñado mucho de la vida a Hawk. Algunas veces, los equipos se sentían pletóricos porque eran muy buenos en algo determinado. Si se les quitaba ese algo, se tambaleaban. Lo mismo con las mujeres. Sobre todo, con las mujeres.
Iba a ser un buen día, pensó mientras le entregaba a Raoul los donuts y arrancaba. De repente, el mundo parecía lleno de posibilidades.
– ¿Qué te parece? -preguntó Claire.
Nicole siguió mirando las camisas que había en uno de los percheros.
– No.
– Vamos. Es rosa.
– No.
– Ni siquiera estás mirando.
Nicole contuvo la sonrisa.
– No tengo que mirar. No. No te queda bien.
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque estás embarazada de tres meses y en total has engordado dos kilos. No necesitas ropa premamá.
– Pero quiero comprarme algo.
– Compra una mantita.
– Quiero algo que pueda ponerme. Quiero que la gente sepa que estoy embarazada.
– Pues imprime unas tarjetas y entrégaselas a todos los que veas.
– No me estás ayudando.
– No necesitas que te ayude a estar loca. Lo haces muy bien sola.
Claire se apartó el pelo rubio del hombro.
– No eres una buena hermana.
Nicole sonrió.
– Soy la mejor hermana que tienes y tu melliza favorita.
– Mi única melliza, y todavía no tengo muy claro que seas mi favorita. ¿No te gusta esta camiseta con patos?
– No.
– ¿Y con conejitos?
– No. El bebé tiene el tamaño del borrador de un lápiz, Claire. Quizá de una uva. No necesitas ropa especial porque estés embarazada de una uva.
