
Jesse solía ir bastante por allí y no lo había visto nunca. Era alto, y podía haber sido mono, pero todo en él era una equivocación. Su corte de pelo era un desastre y sus gafas gruesas lo catalogaban a gritos como un cerebrito de los ordenadores. Llevaba una camisa de manga corta de tela escocesa demasiado grande para él, y un protector de bolsillo. Peor todavía, sus vaqueros eran demasiado cortos, y calzaba unas zapatillas deportivas anticuadas con calcetines blancos. Pobre hombre. Parecía que lo había vestido una madre a la que no caía muy bien.
Jesse estaba a punto de volver a su periódico cuando vio que el chico se erguía de hombros con un gesto de determinación. Y pedir café no era tan difícil.
Se dio la vuelta en su asiento y vio a dos mujeres en una mesa que había en el otro extremo del local. Eran jóvenes y guapas. Parecían modelos, de las que salían con las estrellas del rock. No podía hacerlo, pensó Jesse frenéticamente. A ellas no. No sólo estaban fuera de su alcance, sino que estaban en otro plano de la realidad.
Sin embargo, el chico caminó hacia ellas con las manos ligeramente temblorosas. Tenía la mirada fija en la morena de la izquierda. Jesse sabía que aquello iba a ser una catástrofe. Probablemente debería marcharse y dejar que se estrellara en privado, pero no pudo hacerlo, así que se quedó acurrucada en su asiento y se preparó para soportar el desastre.
– Eh… ¿Angie? Hola. Soy… eh… Matthew. Matt. Te vi la semana pasada en una sesión fotográfica, en el campus. Me tropecé contigo.
– ¿Te refieres a la sesión en Microsoft? -le preguntó Angie-. Fue muy divertido.
La voz del chico era grave y tenía potencial para ser sexy, pensó Jesse. Ojalá no tartamudeara tanto. Parecía muy tímido.
Angie lo miró amablemente mientras hablaba, pero su amiga frunció el ceño con un gesto de fastidio.
