Mientras ella lo observaba, él sacudió lentamente la cabeza, como si aceptara la derrota. Jesse sabía lo que estaba pensando: que su vida nunca iba a cambiar, que nunca iba a conseguir a ninguna chica. Estaba atrapado, como ella. Sin embargo, su problema tenía una solución mucho más fácil.

Casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, Jesse se levantó, tiró su vaso de plástico vacío en el contenedor y salió. Alcanzó a Matt un poco más arriba de la calle.

– Espera -le dijo.

Él no se volvió. Probablemente, no se le ocurría que una mujer pudiera estar hablando con él.

– Matt, espera.

Él se detuvo y miró hacia atrás, y entonces frunció el ceño. Ella se acercó a él apresuradamente.

– Hola -le dijo, aunque todavía no tenía ningún plan-. ¿Cómo estás?

– ¿Nos conocemos?

– En realidad, no. Yo sólo… eh… he visto lo que ha ocurrido. Ha sido una pesadilla.

Él se metió las manos en los bolsillos y agachó la cabeza.

– Gracias por el resumen -dijo, y siguió caminando.

Ella lo siguió.

– No era mi intención hacer un resumen. Es obvio que se te dan mal las chicas.

Él se ruborizó.

– Buena valoración. ¿Te dedicas a eso? ¿Sigues a la gente y le dices cuáles son sus puntos débiles?

– No, no es eso. Es que puedo ayudarte.

Él apenas aminoró el paso.

– Déjame en paz.

– No. Mira, tienes mucho potencial, pero no sabes cómo usarlo. Yo soy una mujer. Puedo decirte cómo debes vestir, qué es lo que tienes que decir, cuáles son los temas que tienes que evitar.

Él se estremeció.

– No, no creo.

Entonces Jesse recordó un reportaje que había visto en la televisión unas semanas atrás.

– Me estoy formando para ser asesora de estilo de vida. Necesito practicar con alguien. Tú necesitas ayuda, y yo no te voy a cobrar por mi tiempo -dijo. Sobre todo, porque se lo estaba inventando mientras hablaba-. Te voy a enseñar todo lo que tienes que saber para conseguir a la chica que quieras.



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