Él se detuvo y la miró. Incluso a través de las gafas, Jesse se dio cuenta de que tenía los ojos grandes y oscuros. Preciosos. Las chicas se volverían locas por ellos si pudieran verlos.

– Estás mintiendo -dijo-. Tú no eres asesora de estilo de vida.

– He dicho que me estaba formando para serlo. De todos modos puedo ayudarte. Conozco a los tíos. Sé lo que funciona. No tienes por qué creerme, pero tampoco tienes nada que perder.

– ¿Y qué ganas tú?

– Yo conseguiría hacer algo bien -le dijo ella con sinceridad.

Matt la observó durante unos momentos.

– ¿Por qué tengo que confiar en ti?

– Porque soy la única que te está ofreciendo ayuda. ¿Qué es lo peor que podría ocurrirte?

– A lo mejor me drogas y me envías a algún país donde mi cadáver aparecerá en la playa.

Jesse se echó a reír.

– Por lo menos tienes imaginación. Eso es bueno. Di que sí, Matt. Dame una oportunidad.

Ella se preguntó si iba a hacerlo. Nadie creía en ella. Él se encogió de hombros.

– Qué demonios.

Jesse sonrió.

– Muy bien. Lo primero… -entonces, sonó su teléfono móvil-. Disculpa -dijo mientras lo sacaba de su bolso y respondía-: ¿Dígame?

– Hola, preciosa. ¿Cómo estás?

Ella arrugó la nariz.

– Zeke, éste no es buen momento.

– Eso no es lo que decías la semana pasada. Lo pasamos muy bien. El sexo contigo es…

– Tengo que dejarte -dijo Jesse, y colgó, porque no quería oír cómo era el sexo con ella. Volvió a concentrarse en Matt-. Lo siento, ¿por dónde iba? Ah, sí. El siguiente paso -sacó el recibo de Starbucks del monedero y le escribió su número de teléfono en el reverso. Después se lo dio.

Él lo tomó.

– ¿Me has dado tu número?

– Sí. Conseguir que cambies será más difícil si no nos reunimos. Ahora dame el tuyo.

Él lo hizo.

– Muy bien. Necesito un par de días para pensar en un plan. Cuando lo tenga, me pondré en contacto contigo -dijo ella, y sonrió-. Va a ser estupendo. Hazme caso.



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