– ¿Qué quieres, Jesse? Ha pasado mucho tiempo. ¿Para qué has venido?

De repente, ella se sintió nerviosa y torpe. Había miles de cosas que podía decir, pero no le parecía que ninguna tuviera importancia.

Abrió el bolso, sacó unas fotografías y se las entregó a Matt.

– Hace cinco años te dije que estaba embarazada, y que tú eras el padre del niño. No me creíste, aunque te dije que podíamos hacer una prueba de ADN para comprobarlo. Ahora el niño tiene cuatro años y no deja de preguntar por ti. Quiere conocerte. Espero que haya pasado suficiente tiempo como para que tú también quieras.

Quería seguir hablando, explicándose, defendiéndose. Sin embargo, apretó los labios y se quedó en silencio.

Matt tomó las fotografías y las miró. Al principio no vio mucho más que a un niño pequeño. Un niño que se reía y que sonreía a la cámara. Las palabras de Jesse no significaban nada para él. ¿Un hijo? Él sabía que estaba embarazada. ¿Su hijo? No era posible. Se había negado a creerlo antes, y todavía no podía hacerlo. Jesse había vuelto porque él había tenido éxito y ella quería un pedazo de la tarta. Nada más.

Casi contra su voluntad, miró las fotografías una segunda vez, y después una tercera, y se dio cuenta de que el niño le resultaba familiar. Sus ojos tenían algo que…

Entonces vio el parecido. La curva de su barbilla era la misma que él veía en el espejo todas las mañanas, al afeitarse. La forma de los ojos. Reconoció partes de sí mismo, matices de su propia madre.

– ¿Qué es esto? -rugió.

¿Su hijo? ¿Su hijo?

– Se llama Gabe -dijo Jesse suavemente-. Gabriel. Tiene cuatro años y es un niño muy bueno. Es listo y divertido, y tiene muchos amigos. Se le dan muy bien las matemáticas, cosa que seguramente ha heredado de ti.

Matt no podía concentrarse en las palabras. Las oía, pero no tenían sentido. Sólo podía sentir ira, furia. ¿Ella había tenido un hijo suyo y no se había molestado en decirle nada?



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