– ¡Deberías habérmelo dicho! -exclamó, con la voz alterada por la rabia.

– Te lo dije, pero tú no me creíste. ¿No te acuerdas? Tus palabras exactas fueron que no te importaba que estuviera embarazada de un hijo tuyo. Que no querías tener un hijo conmigo -dijo Jesse. Después se irguió de hombros-. Quiere conocerte. Matt. Quiere conocer a su padre. Por eso he venido, porque es muy importante para él.

No era importante para ella. Jesse no tenía que decirlo. Él ya lo sabía.

Matt le tendió las fotos, pero ella negó con la cabeza.

– Quédatelas. Sé que esto es difícil de asimilar. Tenemos que hablar, y tú tienes que conocer a Gabe. Suponiendo que quieras hacerlo.

Él asintió, porque estaba demasiado encolerizado como para hablar.

– Mi número de móvil está en el reverso de la primera fotografía. Llámame cuando quieras y pensaremos en algo -dijo Jesse, y titubeó-. Siento todo esto. Quería hablar contigo antes de venir, pero no lo conseguí. No quería ocultártelo. Es sólo que tú me dejaste muy claro que no te importaba.

Después se dio la vuelta. Matt observó cómo se marchaba. Cerró la puerta y se encaminó a su despacho.

Electra apareció en el pasillo.

– ¿Quién era? ¿Qué quería? No estarás saliendo con ella, ¿verdad. Matt? No parecía tu tipo.

Él no le hizo caso y se encerró en el despacho. Después se sentó en su escritorio, extendió las fotos en él y las estudió una por una.

Electra siguió llamando, pero no abrió. Oyó que ella decía algo de marcharse, pero no se molestó en responder.

Tenía un hijo. Un hijo de más de cuatro años, del que nunca había sabido nada. En realidad, Jesse había intentado decirle que el niño era suyo antes de marcharse de Seattle, pero ella sabía que no la había creído, después de lo que había ocurrido. Había hecho todo aquello a propósito.

Tomó el auricular del teléfono y marcó un número de memoria.



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