– Jeffrey Brubaker, yo no robé ese tabaco. ¡Fuiste tú!

– Bueno, tú eras dos años mayor que yo. Deberías haber intentado quitarme la idea de la cabeza.

– ¡Lo intenté!

– Sí, pero después de que nos hubiésemos mareado y aprendido la lección.

Los tres estallaron en carcajadas. Jeff le pellizcó el brazo una vez más, miró a Brian por encima de su cabeza y aclaró:

– Seré franco. Después de ponernos más verdes que dos aceitunas, ella nunca volvió a dejarme fumar. Lo intenté más de una vez cuando estaba en el instituto, pero ella siempre me armaba un escándalo y consiguió que me castigaran más de una vez. Pero a la larga, me salvó de mí mismo.

A la izquierda de Theresa resonó la risa de Brian. Ella percibió su tono melodioso y agradable y, al hablar, dicho tono se hizo más sonoro, más rico.

– También me ha hablado de otro incidente con permanentes caseras; cuando le hiciste una desobedeciendo las órdenes de tu madre y olvidaste programar el tiempo.

Mientras bromeaba, Brian estudió el cabello de Theresa. Jeff le había dicho que era rojo, ¡pero no se esperaba que tuviese ese tono tan intenso!

– Oh, eso -protestó ella-. Jeff, ¿tenías que contárselo? Casi me muero cuando le quité los bigudís y vi lo que le había hecho.

– ¿Que casi te mueres? Fue mamá la que casi se muere. En aquella ocasión eras tú la que deberías haber sido castigada, y creo que lo habrías sido si no hubieses tenido ya dieciocho años.

– Acabemos la historia, hermanito. A pesar de que parecías un silo después de una explosión, te ayudó a conseguir el puesto en el conjunto, ¿no? Echaron una mirada a la maraña de rizos y decidieron que encajarías perfectamente.

– Lo cual te puso a mal con mamá hasta que logré convencerla de que no iba a empezar a tomar cocaína y anfetaminas cada vez que diéramos un concierto.

Habían llegado a la escalerilla mecánica que conducía a la zona de recogida de equipajes, así que se vieron obligados a romper la línea mientras bajaban.



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